Conectar con mi sabiduría corporal

Sabiduría corporal

Lo reconozco, son muchas las veces que me harto de estar contigo, de que no sigas el ritmo al que yo quiero vivir, de que no siempre tengas ganas de lo que te propongo. Me frustra que no seas el de hace años, que me hagas recordar que el tiempo  no pasa en balde. Sé que lo nuestro es una simbiosis, por eso me gustaría que hablases mi mismo idioma, pero después de tanto tiempo juntos me doy cuenta de que no es posible. No estás hecho para expresar a través de la palabra. 

A ti, cuerpo. Hoy me dirijo a ti.

A medida que te escucho sin juzgarte, atendiendo a las sensaciones, me doy cuenta de que llevas impregnado todo el aprendizaje de mis vivencias personales y la sabiduría de la evolución de la especie. Sabes poner prioridad ante el caos. Todo lo que la tecnología y la sociedad me hace olvidar tú me lo recuerdas. Tú, que no entiendes de modas, me pones en mi sitio dejándome claro de dónde vengo y cuáles son mis necesidades reales. Eres naturaleza y por tanto sabiduría innata.

Los dolores y malestares de los que me quejo, en realidad no son tuyos, son míos. Es mi inconsciencia, mi falta de coherencia vital y compromiso lo que me lleva a ese desequilibrio. No tú. Ante todo ello tú te armas de paciencia y me indicas una y otra vez los límites, sabiendo cuándo y cómo decirme basta para que vuelva al camino. Ante mi egoísmo y egocentrismo tú te llenas de generosidad y te rompes antes de que yo me quiebre. Tú, que sin llegar a ser yo, haces posible mi experiencia y le das sentido a mi existencia.

Ahora me doy cuenta de que soy yo quien te maltrato cuando te ignoro hasta que gritas en silencio. Cuando me empeño en seguir trabajando sin ofrecerte descanso a pesar del cansancio, sin ni siquiera reconocer tu esfuerzo. Cuando no te doy movimiento después de un día postrada en una silla frente al ordenador. Cuando no te nutro de verdad y te doy remedios fáciles para  tapar lo que tú me muestras, pero yo no quiero afrontar. Cuando te llevo a quebrarte de tensión ante las exigencias personales, que solo alimentan mi ego y mis miedos. Y lo peor, es que cada vez que  no te escucho, no es que te maltrate a ti. Es que me maltrato a mi.

Eres tú, el que con tu cuerpo de alegría me haces salir del individualismo y me invitas a compartir; con tu cuerpo de rabia me empujas a poner límites, más allá de mi temor a decir no; con el de la tristeza me haces parar para asumir la pérdida en vez de seguir girando con el mundo…. Eres tú el que con la sed me invita a beber agua. El que me hace sentir hambre para que me movilice en busqueda de comida y me nutra. El que a través del sueño te aseguras de que pare y repare mi organismo. El que con tu ansiedad me invitas a revisar y cambiar aquello que no va bien en mi vida. Eres tú el que con esos dolores mens(tr)uales, me escupes a la cara todo lo que yo tragué en semanas anteriores, pero que no pude digerir. Esa naturaleza cruda, que siempre se vuelve patente para mostrarme lo que las sensaciones agradables no tienen el coraje de decirme. 

Efectivamente, eres tú y siempre tú el que me proteges a través de las sensaciones. Sensaciones a veces incómodas y difíciles de sostener, no por capricho, sino como garantía de que me mueva a alcanzar de nuevo el equilibrio y no me acomode en el desequilibrio. Porque lo que escuece cura, y lo que no duele mata. Sin tí me quemaría sin saber que me estoy quemando. Tú haces tu trabajo, es a mí a quien me toca escuchar y comprenderte para poder responder.

Tú que con tu humildad me guías al equilibrio, al bienestar. Y yo, que con mi complejo de superioridad de ser “superracional”, me permito el lujo de infravalorarte, de taparte y quejarme de tus “inútiles” molestias. Yo, que todavía no me he dado cuenta de lo que conlleva ser un ser vivo, vivo en un cuerpo. Cuerpo en conexión con la naturaleza, naturaleza que rebosa equilibrio y sabiduría. Sabiduría que habita en ti, cuerpo.

Gracias y solo gracias por no haberme abandonado ya, como yo habría hecho contigo en algunos momentos si hubiese podido. Gracias por haberme acompañado hasta aquí sin juzgar y sin dejar de indicarme el camino. Gracias por enseñarme tanto sobre mí, a través de ti.


Somos conscientes de que no podemos tener un jardín bonito si no le dedicamos un tiempo a cuidarlo, a observar sus plantas, entender las necesidades de cada una de ellas y atenderlas. Sin embargo, se nos antoja vivir en bienestar sin escuchar, entender, ni cuidar nuestro cuerpo. Sin cultivar ese bienestar. Solo desde la exigencia, el reproche y la queja. Nunca culparíamos al jardín de no crecer frondoso, más bien miraríamos al jardinero. Paradójicamente, culpamos a nuestro cuerpo, sin responsabilizarnos de él, de sus necesidades, o mejor dicho, de las nuestras. Todo por ese capricho irracional, de ser seres racionales que aniquilan el instinto corporal juzgándolo de primitivo, animal e irracional.

Por eso hoy decido hablar desde mis carnes, dando sentido a la herida y poniendo voz a un cuerpo quebrado, pero que por fin se siente escuchado.

Psicóloga de profesión, viajera de vocación y soñadora por defecto. Experta en Mindfulness e Inteligencia emocional. Me dedico al ámbito del bienestar y el desarrollo personal, promoviendo un estilo de vida, basado en la evidencia científica, que nos ayude a sentirnos en equilibrio.

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